Elma… y el primer casamiento Malayo

Decidí dividir este post en capítulos para que no se haga tan larga la lectura.

  • Capítulo 1: Elma
  • Capítulo 2: Nuevamente Couchsurfing
  • Capítulo 3: El primer casamiento malayo
  • Capítulo 4: Conviviendo con familias malayas desde adentro

Y por otro lado, las fotografías que acompañan el post, son terribles, a esa altura del viaje tenía poco interés por la fotografía y mala cámara. Ya se van a venir post mejores.

CAPÍTULO 1: Elma

Había una vez en un lugar de Malasia, una niña pequeña. Nació como la hermana menor y la única mujer de la segunda familia de su padre. Las dos familias se llebaban muy mal, pero la pequeñita se robó el corazón de todos.  Al mismo tiempo que crecían sus cabellos oscuros crecían sus ilusiones. Elma, así se llamaba ella, creció en el seno de una familia musulmana. Aprendió de ellos los hábitos religiosos, las visitas cotidianas a las mezquitas, la lectura del corán, la utilización del hijab (obligatorio en frente de cualquier hombre que no sea ni su padre ni alguno de sus hermanos).

Elma seguía creciendo y su familia se iba disociando cada vez más. Las guerrillas entre sus hermanos eran cada vez más fuertes y ella tenía el don de no involucrarse en las peleas y seguir alimentándose de la fraternidad de todos.

Y llegó el momento y Elma se enamoró. Sus ilusiones y sueños se estaban concretando. Estaba formando la familia con la que fantaseó. Consiguió un trabajo importante y nació su primer hijo. Con su hijo bebé y sin aviso previo, llegó el primer golpe, y enseguidita atrás del primero llegó el segundo, y el tercero…

Y Elma respiraba y aguantaba porque sabía que lo que había ahí era algo que ella deseaba mucho, porque su hijo era chiquito, porque la sociedad musulmana es muy patriarcal. Por el miedo que le daba quedar con un niño sola en el mundo. Hasta que el golpe lo recibió el niño. Y el instinto maternal fue más fuerte que el mandato social. Y huyó con el niño pequeño, con todas las contradicciones que implican huir de quien sentía que era el amor de su vida. Quedó marginada por una sociedad que condena a la mujer que abandona al hombre. Pero Elma, con toda su fortaleza salió adelante, pudo ser sostén de su familia, le iba bien en su trabajo. Y se volvió a enamorar de otro hombre. Se fueron a vivir juntos porque él no tenía  lugar. Tuvieron una hija. Y este hombre, que parecía de buena ley, cayó en la bebida. Empezó a beber sin control y a ponerse violento.  Su adicción afectó su conducta y se volvió un ser peligroso. No trabajaba y necesitaba dinero para el alcohol, comenzó a vender cosas de la casa y a malgastar el dinero que Elma ganaba con su trabajo de todos los días.

A esa mujer le quedaba la dolorosa opción de separarse nuevamente. Y así lo hizo. En medio de situaciones muy violentas logró dejarlo fuera de casa y quedarse con sus dos hijos.

CAPÍTULO 2: Nuevamente couchsurfing

Hay veces que las historias tienen que ver con los lugares. Aterrizar en un lugar que deleite los ojos o que impresione por los colores, o por los edificios, o incluso por lo desagradable. Llegar a un lugar nuevo activa todo lo sensorial y ya no se puede ser indiferente. A veces no tiene que ver con el lugar en sí, a veces que tiene que ver con las personas.

Estaba en Kapas Island y quise buscar un couchsurfer para mi próxima escala en Kuala Lumpur. Ahí me encuentro con el perfil de una señora de 65 años. Decía que hospedaba solo 3 días al mes cuando no cuidaba de sus nietos. Por otro lado, no es común que las personas mayores en Malasia hablen inglés. Me dio mucha intriga y me contacté con ella. ¡Un encanto! Me contestó enseguida diciéndome que si llegaba en una semana iríamos a un casamiento. ¡¡No lo dude!! Le confirmé y salté de felicidad, no solo por la posibilidad de conocer a esa mujer sino también por la experiencia cultural que suponía ir a un casamiento malayo.

Cuando llegó el día de ir a su casa, Kayan, mi amigo malayo de Kapas, tenía que ir a Kuala Lumpur  a visitar a sus padres, así que me llevó en su auto hasta la casa de mi couchsurfer aunque para llegar al sitio tuvo que conducir 50 km extra. Pero así son los malayos. Hospitalarios y solidarios. Cuando estaba por llegar, ella me manda un mensaje SOS. En su casa se había “roto la electricidad” y me pidió que llevara velas para alumbrarnos con eso.  Mientras Kayan me lleva a comprar velas y frutas (pues cuando llegas de visita a una casa, Kayan me dijo que lo típico es regalar frutas), yo pensaba sobre el momento, estaba subida en el auto de un hombre que conocí hace 10 días, recorrimos juntos 600 km hablando de la vida, llevándome a la casa de una señora que no conocía personalmente, para al otro día ir a un casamiento del que no conocía a la pareja. Cuando la cabeza se metió a juzgar la situación, yo no podía parar de reírme, se lo dije a Kayan y reímos los dos. La intuición y la entrega venían funcionando a la perfección, y las oportunidades de descubrir lo que fui a buscar se estaban materializando.

Ni bien llegué, amé a la señora. Kayan también entró a la casa, prendimos las velas y ella nos preparó té con galletitas. Cuando Kayan se fue nos reímos porque ella estaba sin el hijab pensando que llegaba solo yo, le dio pereza ponérselo cuando entró él, y se quedó mostrando sus cabelleras grises. Cosa estrictamente prohibida por la religión musulmana. Las mujeres no pueden mostrar el pelo en frente de hombres.  Ella me dijo riendo que era una musulmana “open mind” y aunque diariamente se toma su tiempo de rezar, ella se permite el hijab en forma de scarf, es decir, que cubra hasta el cuello y no hasta los pechos. Ella es muy coqueta y cuida mucho su estilo, no salía sin maquillaje.

Después de hablar hasta que las velas ardan (literalmente), arreglé sus “problemas eléctricos” (que eran muy simples) y nos fuimos a probar ropa para el casamiento del otro día. Los trajes típicos malayos de faldas y camisas largas. Me probaba uno tras otro y ella me daba el veredicto.

Creo que no lo dije antes, pero esa mujer interesante, que cuida de sus nietos, que ama viajar y que abre las puertas de su casa a los que quieren descubrir una Malasia local, se llama Elma.

Si pienso en Rowang, pienso en Elma.

CAPÍTULO 3: El primer casamiento malayo

Elma y yo a la salida del casamiento

Sobre el medio día fuimos al tan esperado casamiento. ¡Wooow! Todo era tan diferente a lo que yo conocía por “casamiento”. Ya de primera los novios no sabían que yo iba. ¿Se imaginan eso en Uruguay? El estrés de elegir los invitados cuidadosamente no sucede en Asia. De hecho en la puerta del salón hay un adorno particular que consiste en una especie de de palo con alambres y telas de colores que se usa en la cultura para indicar que en ese lugar hay una boda y que puedes entrar a celebrar con los novios si quieres. Al llegar vemos a los novios vestidos con trajes violetas muy decorados, con muchas joyas, maquillaje, la novia tenía lentes de contacto, brillos por todos lados. Y estaban sentados en un altar con flores, y sillas que parecían sacadas de un palacio. El salón era sencillo, y la comida era arroz con múltiples acompañamientos que cada uno se servía a su gusto cuando quisiese. Una especie de espeto corrido de comida. Arroz con pollo, con salsas picantes, con vegetales. Y en la mesa dulce había sticky rice en hojas de plátano, o una especie de masita de colores que les ilustro en las fotos. Para tomar había té helado y jugo. Por supuesto como el casamiento era musulmán, no había nada de alcohol.

Elma y yo con los novios

Los invitados se acercaban a los novios para sacarse fotos con ellos, que parecían como príncipes sentados en sus sillas de palacio. Al final no sé quién se sacó más fotos, si los novios o yo! jaja! Era la única mujer sin hijab de toda la fiesta y no paré de sacarme selfies e intercambiar algún número con quienes hablaban alguito de inglés.

El equipo femenino de la mesa

Había música en vivo. Durante toda la fiesta una mujer animaba y una banda sonora acompañaba, pero nadie bailaba. La gente solo comía sin parar y se sacaban fotos. Yo estaba sentada en la mesa con Elma y algunos de sus hermanos conversando y riéndonos con Elma como traductora.

Al finalizar la fiesta fuimos a sacarnos nuestra foto final. Y nos vinieron a traer el souvenir: jugos en caja, mini tortitas, golosinas, tazas y huevos duros. Si si, huevos duros, como símbolo de la fertilidad. Yo no podía parar de imaginarme el día antes a miles de mujeres hirviendo huevos sin parar, pues había en total más del 500 huevos duros.

CAPÍTULO 4: Conviviendo con familias malayas desde adentro

Cuando termina la fiesta fuimos a la casa de uno de los hermanos de Elma. Apenas entramos, la cuñada que no podía ser más amor, nos preparó comida. ¡¡Más comida!! Yo ya me sentía explotar, pero es muy descortés rechazarle la comida a un malayo. Elma le aclaró enseguida que era vegetariana para que no me cocinara pollo, eso me dio mucho alivio porque no sería capaz de rechazárselo si la veo cocinando para mi. Al decirle que no al pollo se puso a cocinar omelette. Al rato viene otro hermano de Elma que quería conocerme porque sabía hablar algunas palabras de inglés y  trae unos bocadillos de grasa muy típicos, y a seguir comiendo.

Antes de ir a la casa del hermano, Elma me preguntó si me importaría dormir en el suelo. “¡Por supuesto que no!” le dije. Al caer el sol, ella y la cuñada se pusieron los trajes musulmanes de rezar, (eran unos trajes blancos que se colocan por encima de la ropa) y se arrodillaron en un cuartito. Por supuesto que yo podía pasar y mirar, pero a los hombres los sacaron de la habitación. Estuvieron así un tiempito y luego a cenar. Cuando crees que ya no es posible comer más, viene la cena. Prepararon arroz (todos los días comen arroz, lo que varía son las salsas y las cosas que le puedas agregar), junto con algunos vegetales para mí y pollo para el resto, omellete, salsas picantes. Nos sentamos en el piso alrededor de una mesa ratona, a comer y a mirar un programa de talentos coreano, toda la familia y yo. Comimos con las manos por supuesto. Como yo le había dicho a Elma que en Terengganu había aprendido a comer con las manos, ella quiso verlo con sus propios ojos!! ¡¡Y pasé la prueba!!

Elma le tiene un especial cariño a ese hermano, su cuñada y su sobrina. Y la verdad que entendí perfectamente por qué. La casa era muy pequeña y humilde. Con solo una habitación, el baño típico malayo, con letrina sin cisterna y sin ducha. Para bañarse con baldes de agua. La cocina chiquitita, y sin embargo todo el tiempo estaban ofreciéndonos hasta lo que no tenían. A la hora de dormir, dormimos en el suelo. Literal. En una alfombra en el suelo del comedor. Para mí era un poco duro, pero veía a Elma durmiendo ahí con sus 65 años y veía toda su fortaleza.

Al otro día, el hermano que habla un poco de inglés nos vino a buscar para pasear por el pueblo y para llevarnos a una tienda de ropa japonesa de segunda mano. Era un lugar con kilos de ropa en el suelo. Persons y bichos caminaban por encima de la ropa. Elma compraba la ropa para usar la tela y hacer bolsos. Todas las prendas costaban 1 ringgit, osea 0.7 USD. Mientras la ayudaba a buscar las prendas adecuadas me paré frente a una pollera que amé y compré, 7 pesos uruguayos, espectacular, como las que usan las japonesas y coreanas, amplia y de varias capas que un tiempo después usaría para el segundo casamiento malayo.

Venta de ropa japonesa de segunda mano

Otra de las hermanas de Elma nos invitó a pasar la tarde con ella. Elma no tenía muchas ganas, pero como no quería decir que no, dijo que si, con la condición de irse temprano para buscar a una amiga mía al puerto. Llegamos a la casa de esa hermana. Gigante. Y muchos niños viviendo también ahí. ¿¿Adivinen qué fue lo primero que hizo cuando nos vio llegar?? Cocinar, obvio!! Arroz con los famosos pescados deshidratados! Elma nuevamente me salvó de comer el pescado y me volvió a cocinar un omelette. Creo que en esos días debo haber sumado varios kilos a base de arroz.

Al otro día me pidió si podía acompañarla a casa de otra de sus hermanas. Es una de sus hermanas mayores y vive con dos de sus hijas y 4 nietos chiquititos, la mujer estaba muy cansada y avejentada de tener que criar a todos los nietos y Elma quiso ir para ayudarla. Fuimos a buscar a la hija de Elma y a una de sus nietas y fuimos las cuatro juntas a casa de la hermana. La casa era enorme, y también así la cantidad de niños. El más chiquitito tenía días de nacido. Almorzamos todos juntos. Y Elma se fue con la hermana a arreglar el auto y yo me quedé con los niños mientras vino una señora a hacerle masajes a la madre de los niños. Una curiosidad es que la mujer erutaba cuando hacía el masaje. Como liberando por el erupto la tensiòn recibida. Los niños un encanto. Una de las niñas de 2 años me tenia miedo al principio, pero al final ya me pude ganar su complicidad también. Fue una tarde super divertida. Los niños por supuesto que no hablaban ni una pizca de inglés, pero cuando se trata del juego y de divertirnos, las barreras idiomáticas se deshacen, y los niños saben mucho de eso.

La nieta y la sobrina nieta de Elma

Esa noche volvimos a dormir a lo de Elma. Y durante la cena, hablamos sin parar. Elma me contó de su plan de trabajar en una mezquita para hablar con los extranjeros dado que ella maneja muy bien el inglés y los temas religiosos. Y una cosa llevó a la otra y empezamos a hablar de su pasado. Me contó la historia real del Capítulo 1. Y sí, esa niña del principio, es Elma. Hoy con 65 años. Disfrutando de la vida. Viajando. Hospedando a viajeros. Haciendo bolsas con telas de segunda mano, queriendo ser una referente para jóvenes en términos religiosos. Cuidando de sus hijos y nietos. Cocinando para todos.

¿Saben lo que me dijo Elma con lágrimas en los ojos? Que ella ama profundamente al ser humano. Incluyendo a sus dos ex maridos. Elma, que fue golpeada, maltratada, dolida y abusada, ama al ser humano. Lo ama. Confía en la gente. Y es capaz de perdonar todo. Ella me dijo que si conoces de verdad a una persona, si lo comprendes desde las entrañas, lo amás. Y por eso ella perdona. Me dijo que le costaba decirlo porque muchos la trataban de loca, pero Elma es hasta capaz de perdonar a quien pueda hacerle daño a sus hijos. Ahí entendí que Elma es un ser superior. Entendí que el perdón en realidad es una herramienta de sanación con ella misma. Ella perdona porque se perdona, porque está aferrada a la vida, porque quiere vivir desde el amor y soltar al miedo. Ella transformó todo el dolor de su vida en un motor que le da mucha vitalidad. Y a sus 65 años, desparrama una energía tal, que al estar cerca se siente su poder y su desafío a la vida. 

Cuando miraba a Elma, veía el reflejo de la persona en la que me gustaría convertirme cuando mi cara esté arrugada y todo mi pelo sea gris.