Kapas Island, la isla algodón

EL INICIO

Yamir y Amir viven a minutos del puerto de Marang, que te lleva directo a Kapas island. Pero nunca en su vida habían ido. Supongo que se remite a ese pensamiento perezoso de que estando tan cerca podes ir en cualquier momento. Y ese “cualquier momento” tiene el gran riesgo de transformarse en un “nunca”.

Así que los convencí y me acompañaron. Ellos se quedaron 2 días conmigo y después se volvieron. Yo me iba a volver al tercero y al final me quedé once.

En Kapas hay un camiping super barato donde también te alquilan la carpa, y ahí sentamos campamento los primeros días. El ambiente era lindo. Acampamos en la playa, seguimos con el macramé, fuimos a hacer un jungle trekking, nos perdimos y nos agarró la noche. Por suerte ahí estaba la luna llena para salvarnos de la oscuridad absoluta.

Cuando ellos se fueron, me cambié a un hostel, el KBC. Y ahí fue donde tuve la primer sensación de “familia” en el viaje. Conocí a muchisima gente hermosa, incluidos quienes trabajaban ahí. Es que la isla tiene una energía atrapante y es por eso que me quedé tanto tiempo, no podía salir de ese paraíso. Creo que tiene que ver con que en Kapas island no hay tentaciones. Entonces lo que sucede es muy genuino. No hay almacenes, no hay lugares que vendan nada, ni siquiera artesanías y ni que hablar del wifi. Solo hosteles y restaurantes, y eso lo convierte en un lugar que permite disfrutar-te más. Estando ahí me dí cuenta que verdaderamente necesito mucho menos de lo que creo. Sin tentaciones no aparecen los deseos materiales absurdos, solo se trata de sobrevivir sin excesos.  

LA BASURA Y EL VÓMITO

En Kapas hice snorkel por primera vez. Me enamoré. De verdad existe un mundo entero abajo del agua, un universo paralelo que siempre estuvo ahí y con el que yo apenas había hecho contacto antes. Lo más hermoso de todo es que ese mundo existe a pesar de los humanos. Esos animales existen en un hábitat donde el humano no entra. Pidiendo permiso para entrar apenas con una máscara podemos mirar, sentir abajo del agua, pero nada más. Bueno sí, algo más… podemos ensuciar también.

Snorkeling

Kapas tiene playas “sin gente”, al final del treking se llega a una playa inhóspita, inhóspita porque lo único que hay ahí es basura. Montañas de basura!! Y es una playa “sin gente”, ¿cómo puede ser?

Y ahí es cuando todos debemos hacernos un poquito cargo. No es culpa de los turistas, no es culpa de los que habitan la isla. Es responsabilidad de todos. En época de monzón la basura llega hasta las orillas de la playa… y ¿de quién es esa basura? ¿Vos sabes exactamente qué sucede con la basura que responsablemente tiras en un tacho?

Con el hostel organizamos una limpieza de la playa, sacamos miles y miles y miles de bolsas llenas de basura. Y no pudimos seguir porque teníamos solo un bote para cargarla.

Para limpiar la basura, tuvimos que caminar sobre ella, agacharnos, tocarla, levantarla y ponerla en la bolsa.

De eso se trata, no? Para limpiar la basura, hay que estar en la basura. Muchas veces pretendemos limpiarnos escondiendo la basura abajo de la alfombra. Pero eso no es limpiar. Para limpiar de verdad hay que estar ahí. Agacharse, ir hasta el fondo del alma, encontrar eso que sobra, agarrarlo, mirarlo, reconocer que ya no lo necesitamos más, reconocer que eso que antes fue útil ahora es basura. Y vomitarlo, sacarlo para afuera, dejarlo ir. A nadie le gusta vomitar. Convengamos que no es de las sensaciones más agradables, pero es necesario para sacar lo que sobra. Me dí cuenta mientras caminaba sobre la basura en Kapas island que a veces me quedo con la basura adentro por miedo al vómito. Que a veces barro abajo de la alfombra para pretender que todo está limpio y en orden.

Pero me privo del alivio que se siente después del vómito!! Ese alivio de estar limpio por dentro de nuevo. Entonces si te sentís mal y tenes basura adentro, mirala, no la escondas, dejarla salir afuera va a doler, pero confiá en el alivio después del vómito. PARA LIMPIAR LA BASURA HAY QUE ESTAR EN LA BASURA.

LA SENSACIÓN DE FAMILIA

De Kapas me llevo amigos, que durante nuestros días ahí nos cuidábamos como si fuésemos familia. Estaba el que me decía que no me olvide del repelente, el que me hacía acordar que tome agua para que después no me duela la cabeza, el que me tapaba de noche si me quedaba dormida afuera para que no me comieran los mosquitos.

En Kapas conocí a Sophie. Sophie es una mujer francesa que cuando sus hijos dejaron la casa,  vendió todas sus cosas, inclusive su casa, y se fue a viajar por el mundo. Las conversaciones con Sophie no me las voy a olvidar nunca, parecía que nos conociéramos de siempre. Me dijo una cosa una vez que me hizo viajar y se las comparto así viajamos juntos: “Los seres humanos venimos todos de la misma cosa, somos en esencia iguales. Lo que pasa que cuando llegamos a este mundo nos identificamos con el cuerpo. Es como la electricidad. Imaginate que la electricidad de repente se identifique con un televisor, o que la electricidad se crea microondas”. Eso nos pasa a nosotros, nos creemos que somos nuestro nombre, y no nos damos cuenta de que esa es solo una forma de expresión, es apenas solo una. Nosotros no somos nuestro nombre, somos algo mucho más inmenso que abarca a toda la humanidad, que nos une, que nos hace en esencia iguales.

Que absurdo pensar que el universo entero de repente se crea que es Florencia. Lo que Sophie me quería decir es que Florencia es solo una forma de expresión del amor incondicional en el plano de la experiencia humana. Y si todos somos formas de expresar lo mismo, ¿no es ridículo que nos sintamos individuos separados?

En un momento le pregunto a Sophie…

“Vos leíste el curso de milagros, ¿verdad?”, “¿Cómo sabes?” me respondió.

 

Sophie y yo en el bote durante nuestras charlas

EL MAR

Mis mejores momentos en Kapas sucedieron en el mar. El bote se convirtió en mi transporte preferido. Muchas tardes salíamos con Kayan y Sophie a hacer snorkel en el medio del océano, a mirar los atardeceres, a conocer playas desiertas. El bote era como la puerta a nuevos mundos, y el océano era el escenario perfecto para escucharnos ir bien profundo en nuestras conversaciones, en ese intercambio de personas que nacimos en continentes distintos pero que el amor por los viajes y por esa isla nos unió en tardes interminables de intercambios en el océano.

Al principio Sophie tenía miedo a hacer snorkel en el océano, porque temía la posibilidad de encontrarse con un tiburón. Yo la alentaba diciendole que el tiburón no iba a aparecer si ella no estaba preparada para verlo, que confiara… Secretamente debo confesar que también me daba un poco de miedo encontrarme con uno, pero por lo menos el miedo no me paralizaba.

Una tarde, fuimos con Kayan en el bote bien profundo, al punto donde según él habían corales y formaciones marinas asombrosas. Me tire al agua sin dudarlo, Sophie se animó y me siguó. Las dos al mismo tiempo nos pusimos la máscara y nos sumergimos… WOOOOW!!!!! Al unísono levantamos la cabeza nos sacamos la máscara, no podíamos no expresar la emoción de ver ese mundo tan colorido, tan armonioso, tan luminoso, tan virgen. Todo eso sucedía mientras teníamos la conversación flotando por encima, y no teníamos conciencia. De hecho, en este momento estoy escribiendo esto mientras estoy en un barco grande que cruza de Francia a Inglaterra, estoy mirando el mar de reojo mientras escribo, y hasta este momento no tenía presente ese mundo que sucede justo en este momento por debajo del barco. Incluirlo en mi presente me hace sentir parte de algo enorme.

Después de la expresión de asombro nos volvimos a sumergir, y en ese instante pasa por enfrente nuestro un tiburón gigante (bueno, para nosotras era gigante pero no tengo clara la escala tiburón). Esta vez con Sophie nos miramos por debajo del agua, lo señalamos, nos dimos vuelta, apareció otro! Hermosos! De verdad hermosos. Grandes pero vulnerables, no sé si nos vieron, capaz que no, o tal vez sí. Ellos no repararon ni un segundo en nosotras.

La emoción de haber visto a los tiburones no solo representó el conocer a una de las criaturas marinas más emblemáticas, sino que tuvo que ver con mirar cara a cara a nuestro miedo. Y darnos cuenta de que lo que nos generó enfrentarnos a eso tan temido fue emoción, felicidad, no susto! Qué bueno que el miedo no nos paralizó!! Qué bueno que lo vimos! Qué lindo fue aventurarse más allá del miedo.

Foto que sacó Pablo con la gopro mientras hacíamos snorkel

Kayan nos decía que los tiburones siempre están. Que probablemente estén detrás nuestro todo el tiempo y que solo logramos ver algunos, pero no quiere decir que no estén ahí. Y que no hay que obsecionarse con encontrar al tiburón y perder de vista todos los pecesitos chiquitos y hermosos, o los corales de colores alucinantes. O las torugas, que también andaban rondando! Y así siento que es. Eso que nos da miedo está siempre rondando, podemos elegir no meter la cabeza en el agua, quedarnos arriba y perdernos ese universo paralelo que sucede del otro lado del miedo. O podemos empaparnos en el mar, exponernos a encontrarnos con el tiburón y ver que pasa. En una de esas, eso que nos da miedo al mirarlo a los ojos nos produce ganas de llorar de amor, y ya no queda más temor.       

EL CHICO QUE SE CREÍA JAPONÉS

El chico que se creía japonés

Llegó a Kapas Island un día un chico de Malasia obsesionado con la cultura japonesa. Según él, un antepasado había sido japonés y por eso le gustaba tanto la cultura. Tanto es así que vestía siempre con trajes japoneses típicos. También usaba el típico peinado ninja que conozco de las películas. Tenía armas de samurai y un kimono. Todo eso en su mochila. En su realidad, trabaja haciendo hielo en Kuala Lumpur, pero aún en su vida cotidiana no abandona sus creencias y su obsesión japonesa. Por supuesto que yo entré en su historia. Le pedí el kimono y salimos vestidos de japoneses por las playas de Kapas Island.

Él me enseñó primero movimientos de samurai y luego de geisha. Por un momento eramos dos niños jugando en la playa sin que nos importara nada lo que otras personas pudiesen pensar al vernos vestidos de esa forma tan estrafalaria. El chico japonés vive sin esa presión, está en un nivel que trasciende absolutamente lo que otros opinen sobre la forma que él decide vivir su vida. Si lo miras rápidamente podes creer que él está loco. Que no hay mucha cordura en su forma de actuar. ¿No hay cordura? ¿No es al final un chico que vive sin presiones? Mis horas jugando en la playa a ser una geisha o una ninja fueron de las más divertidas en la isla. Y mi niña sin lugar a dudas me celebró esa habilitación a SER sin temor al juicio.

EL FIN

Al principio me había sugerido quedarme en Kapas hasta la luna llena, esa era mi medida de tiempo, las fases de la luna. La luna llena pasó y la celebramos con un fogón en la playa y charlas nocturnas con el ruido del fuego y del mar.

Amanecer de luna llena

Pero pasó la luna llena y seguía sin querer irme. Así que me quedé. Aproveché cuando fueron a hacer las compras de la semana para el hostel para ir hasta el continente a sacar un poco más de dinero y quedarme más tiempo. Es que habían más historias para escuchar en Kapas. La historia de Carlos, el español que vive navegando. La historia de Mache, la española que vivió como voluntaria en Nigeria. La de Pablo, un español viajero y fotógrafo que llevaba viajando más de un año. La historia de Drácula, un francés que vivió en miles de países y que sabe hablar todos los idiomas (en una semana aprendió el malayo, fui testigo!!). Jana, Reesa, Adi, todos músicos de la ostia! Que además trabajaban en el hostel. La historia de Sophie, la francesa que dejó su vida estructurada en Francia y se aventuró al tremendo viaje de mimarse y ponerse en primer lugar. La historia de Kayan, el malayo que vive en la isla y tiene toda la sabiduría que el mar abarca.

Sólo una invitación a un casamiento malayo pudo despegarme de Kapas.

Kayan justo iba a ver a sus papás a Kuala Lumpur y me llevó a la casa de Elma, con quién iríamos al otro día a una boda que queda para la próxima historia.

Kapas es una palabra malaya que significa ALGODÓN. Se dice que es por el color de la arena. Para mí es porque la isla de Kapas es un mimo en la mejilla con un algodón blanco y suavecito.

Máximo consiguió novia en Kapas

4 Replies to “Kapas Island, la isla algodón”

  1. Es hermoso leerte Flor, es como si estuvieramos sentadas en el piso compartiendo todas tus vivencias y te puedo escuchar, abrazar, reirme, llorar y sentirte tan cerca. Que precioso mi amor, te quiero.

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