Myanmar y el gato de Schrödinger

Para los que nunca escucharon hablar de él y solo entraron a leer el artículo porque aman a los gatos, les cuento:

Erwin Shrodinger era un físico cuántico que planteó una paradoja para explicar un fenómeno. La hago bien simple: Imagínense que tenemos un gato adentro de una caja opaca y que dentro de la caja hay un veneno que puede activarse o no dependiendo del estado de una partícula. El gato tiene la misma probabilidad de estar vivo que de estar muerto al abrir la caja.

La cuestión es que el comportamiento de esa partícula es influenciado por el observador, es decir, cuando abramos la caja el gato va a adoptar una condición: o vivo o muerto, pero eso no nos revela información acerca del estado previo del gato. Solo sabemos lo que pasa cuando miramos, pero no podremos nunca saber el estado anterior.

Eso es lo que me generó Myanmar en las primeras semanas. La sensación de que lo que veía estaba siendo modificado por mi mirada extranjera, pero que había algo adentro de la caja, un estado previo (pre-turístico) que no estaba pudiendo ver. O no me dejaban.

Niños descalzos con sus brazos estirados, mujeres tiradas en el piso, una niña de pelo tan corto como su edad sosteniendo a un bebé. Un niño pelado que miraba quietito desde los brazos de su mamá. Mugre, se escuchaba “Sawadikaa” y “Mingalaba” a la vez (significa “hola” en thai y en birmano).

Con la Merchu empezamos a cruzar el puente de la amistad entre Tailandia y Myanmar riéndonos de nuestra hazaña de haber llegado hasta ahí a dedo. Y luego de tres pasos sobre el puente, silencio. Nos invadió un profundo silencio que cambió nuestras caras, un silencio lleno de preguntas y de dolores. Un niño nos perseguía, nos volvimos y le dimos agua. Sabiendo que no era suficiente, esa agua no iba a calmar ni su hambre ni lo que estábamos sintiendo. Y el puente se terminó. Abandonamos la “tierra de nadie” y ahora estábamos en Myanmar.

Gente con la cara pintada de amarillo, hombres y mujeres de pollera, bocinas, ruido, olor a frito, motos por doquier, gente que se acercaba a hablarnos en una lengua que no entendíamos. Las mochilas nos pesaban, estábamos en un país nuevo, sin entender los códigos. Como niñas chicas que apenas le dan los sentidos para comerse al mundo.

Un auto nos llevó a una ciudad rándom que elegimos en el mapa Hpa-An. Quedaba cerca, pero en auto fueron como 6 horas porque la ruta estaba en muy malas condiciones. Nos pararon alrededor de cinco veces para pedirnos el pasaporte, parece que estábamos cruzando por lugares controlados por los militares.

Llegamos, y amamos Hpa-An. Caminar por las calles, ir a las ferias locales, las cuevas-templo, y escalar la montaña Zwegabin para ver el amanecer. Alquilamos una moto que nos dió la libertad en dos días de visitar mucho de los alrededores, comer la comida típica, estrenarnos en la cultura birmana. Casas con tres paredes y perros, muchos perros.

La última madrugada del año la pasamos subiendo la montaña para ver el amanecer desde la cima. Empezamos el trekking a las 3 de la mañana, ¡fue durísimo! Pero tremendo fin le regalamos al 2018.

Máximo y yo en un romántico amanecer el último día del año.

Para la noche queríamos estar en Yangon (la capital), nos encontramos con el Colo (un compañero del liceo que no veía hace 13 años) y Joaqui, su novia. La verdad que decidimos ir a la capital por fin de año esperando una gran fiesta. Pero no. Fue un día completamente indiferente para la sociedad birmana. No se sentía nada especial en la calle, y al no ser un lugar muy turístico, tampoco había extranjeros celebrando, por lo que simplemente nos quedamos en el hostel charlando con la gente que estaba ahí.

Y… ¡¡llegó Marce!!! Desde Uruguay y para todo el público. Super felíz de encontrarme después de tanto tiempo con ella. Estuvimos un día más en Yangón, explorando la ciudad, empapándonos de la cultura. Lo cierto es que Yangón no tiene mucho para ver o hacer, pero eran nuestros primeros días en Myanmar, todo nuevo, y la sensación de que hay un mundo entero por descubrir es alucinante, uno ni siquiera tiene tiempo de hacer un juicio sobre el lugar, simplemente lo disfrutas, porque es nuevo, porque nunca sentiste ese olor, porque nunca viste esos colores, porque es la primera vez que ves a la gente vestida así, porque vas a la feria y no conoces las frutas (¿o verduras?) que están vendiendo, porque hasta el tamaño de las ratas te sorprende. Eso me pasó a mi en Yangón.

Y desde Yangón nos fuimos a Ngpali beach, más tarde me enteraría que era la playa más famosa de Myanmar, porque toda la gente local va a ahí cuando quiere ir a la playa de vacaciones. De todas maneras no había gente, osea, sí que había, pero nada comparado a lo que son las playas más turísticas del sudeste. El agua era un sueño, cristalina y tropical. Pasamos todo el día en la playa, conversando, poniéndonos al día de todos estos meses que no nos vimos. Jugando a las cartas, discutiendo sobre viajes o sobre política. La playa tiene eso, te lleva para cualquier lado con tal de esperar a que venga el atardecer.

De Ngpali nos fuimos a Bagan. Bagan es la ciudad más turística de Myanmar. Porque la habitan un montón de templos y pagodas. Tantos, que no se sabe con exactitud cuántos. Los atardeceres y amaneceres en Bagan son un sueño. Sobre todo el amanecer porque al mismo tiempo que sale el sol, salen globos aerostáticos que cubren todo el paisaje, osea, templos, globos y los colores del amanecer!! ¡¡TODO A LA VEZ!! Y no solo eso, la ciudad se recorre en motos eléctricas. Yo estaba aterrorizada, porque desde chica que me instalaron el miedo a las motos, pero en los países asiáticos muchas veces no queda otra y todo se trata de seguir venciendo miedos, y por eso con el aliento de Marce y Merchu, me animé a andar en una!!!  ¡¡Un miedo menos!!

De Bagan nos fuimos a Kalaw, la ciudad desde donde emprenderíamos el trekking que nos llevaría a Inle Lake. Tres días caminando por la montaña. Y podrán creer que nos encontramos con dos uruguayos más!! Así que en el trekking eramos 6 uruguayos, 2 canadienses y 1 taiwanés. Osea, eramos 6 uruguayos haciendo un trekking por las montañas de Myanmar!! Fue como estar un poco en casa de nuevo, hablar en nuestro uruguasho, jugar al truco, hablar del país, escuchar: “boooo”, “taaaa”, “cheeee”. Hablar de cuánto extrañamos el dulce de leche. Hacía meses y meses que no tenía esa sensación de estar con gente que entiende el 100% de lo que hablo. Y viene a pasar en una montaña de Myanmar, donde no hay wifi.

El trekking fue precioso, naturaleza, des-conexión, charlas. Dormíamos en el medio de la montaña en casas que nos tenían preparadas. visitamos una escuela en la montaña. El último día cruzamos en barquitos todo el lago Inle y llegamos a Nyaung Swe, otra de las ciudades del circuito turístico. Nyaung Swe se hace en bicicleta, así que con bicis fuimos a ver las piscinas naturales, un viñedo y una village flotante.

 

Pasamos ahí el cumple de la Merchu, así que ese día fuimos en barco a recorrer todas las cosas típicas de los alrededores, la pesca tradicional, las mujeres haciendo el tabaco, las prendas con hilo de loto.

Honestamente, se vivió como parte de un show. Algo que se muestra a los turistas pero que queda una profunda duda de qué tan real es lo que se ve.

Son actividades que se realizan en Myanmar, en las ferias se puede ver cómo las mujeres hacen el tabaco, en Mandalay me llamó la atención un ruido mecánico y cuando me acerqué eran los sonidos de las tejedoras, hablando con gente que conocí más tarde  me enteré que las mujeres con cuellos largos pertenecen a la etnia Kayan, usaban los aros en el cuello y las rodillas para protegerse de las mordidas de tigre en la selva. Hoy en día las abuelas los siguen usando por tradición (aunque se lo quitan cuando empieza a perjudicarles la salud), esa etnia no habita en el lago Inle, la única razón por la que están ahí o en el norte de Tailandia es porque descubrieron que son un atractivo turístico, muchos viajeros quieren acercarse para sacarse una foto con ellas porque es extraño que alguien tenga el cuello de ese tamaño. Esas mujeres se sustentan de la limosna que deja el turista. Además de ser tejedoras.

No termino de definir mi postura al respecto. Por un lado siento que es un medio de vida para ellas y no le hacen mal a nadie, y por otro lado siento que se prostituye la cultura por una foto turística que ni siquiera refleja la realidad. Y lo peor es que, como todo negocio en el sudeste asiático, involucra a la familia, acá hay expuestas niñas.  Lo mismo pasa con los pescadores del lago Inle. El método de pesca tradicional es algo particular, los pescadores reman con los pies y sostienen redes con las manos lo que los hace parecer acróbatas. Eso también lo supieron aprovechar los birmanos, ahora en vez de pescar, hacen acrobacias en el lago para que los turistas les dejen propina y saquen fotos, ¡negocio nuevo! Pero atrás de esos pescadores que hacen que pescan, se esconden los verdaderos pescadores, que siguen usando los métodos tradicionales pero de forma menos atractiva, y por ello pasan desapercibidos. Por lo que de verdad pareciera que la gente que va ahí le interesa más tener la foto perfecta desde el ángulo adecuado de una farsa antes de mirar la realidad.

Repito, no tengo una postura clara al respecto, respeto que es una forma de vida también. Pero en lo particular no me atrae que me engañen para la foto.

Y ahí aparece el gato de la caja. Vemos lo que ellos quieren que veamos cuando abren la caja. No se ve claro lo que es verdad y lo que no.

Después de quedarnos unos cuantos días en Inle, decidimos tomar la camioneta del infierno (pues el transporte no es el fuerte de Myanmar) y nos fuimos a Mandalay. Pasamos solo un día en Mandalay. Tenía olor a ciudad grande y desordenada como Yangón. Salimos a buscar el sunset, desde el principio esa era una de nuestras actividades favoritas, había un lago en el mapa y fuimos a verlo ahí. Cuando llegamos, silencio. Podría decir que esta etapa del viaje por Myanmar empezó y terminó en silencio. Las tres caminábamos sin decir ni una palabra, buscando el lugar indicado, o pretendiendo buscar el lugar indicado, en realidad estábamos doliendo. O bueno, voy a hablar por mí, estaba doliendo. En ese espacio que creíamos era un río, habían muchas familias viviendo, y uno tendería a pensar que las orillas del río es el lugar más pintorezco de la ciudad. Pues no. Niños descalzos jugando con gallinas, perritos que había que prestar mucha atención para saber si estaban vivos o no. Mujeres cocinando, algunas bañándose en el río tapándose con el propio longy. Casas de nylon, tierra, alguna frazada, y moscas, muchas moscas.

Finalmente vimos el sunset, y fue precioso, en nuestra espalda estaba esa realidad que describí antes, y a nuestro frente el sol intenso que se estaba yendo. Fue el propio sol el que nos sacó del silencio, quizá fue porque la belleza del sol nos borró los prejuicios y nos mostró que los milagros ocurren en cualquier circunstancia, los ojos que condenaban la realidad que estaba a nuestra espalda son los mismos que disfrutan el atardecer. Esa gente que vive al costado del río vive con muy poca cosa, incluso no tienen casa, incluso parece insalubre, pero ¿quién soy yo para juzgar su realidad? Ellos ven ese atardecer hermoso todas las tardes. Yo los veo y duele, claro que duele, pero cuando yo los veo, a la que le duele es a mí. No a ellos. O capaz que sí, no lo sé. Yo de lo único que puedo hacerme cargo es de lo que me pasa a mí. Y lo primero es prestar atención, respetar ese silencio y llenarlo de escucha, de conexión y hacerle caso a ese impulso que viene de adentro en consonancia con la sanación. Quizá sea ese el secreto, hacernos cargo! Si todos nos animásemos a quedar en silencio, me refiero al silencio compasivo que surge frente a determinadas situaciones, podríamos conectar con la emoción, y esta emoción nos impulse a actuar en pos de sanarnos, y viste que esto es un equipo, cuando uno sana, sanamos todos.

Así fue como mis primeras semanas en Myanmar pasaron. Hermosisimo compartirlo con mis amigas. Las tres coincidimos en que algo nos estaba faltando, que solo habíamos sido testigo del Myanmar que se decidió abrir a extranjeros, pero teníamos la curiosidad de como será de verdad. Es decir, ¿cuál es el estado del gato antes de que se abra la caja?

Despedí a mis amigas, de nuevo volvería a las andanzas sola conmigo, confieso que los nervios fueron los mismos que sentí cuando abandoné Montevideo.

En las semanas siguientes tuve la bendita oportunidad de trabajar en una escuela en un pueblito con un Myanmar muy auténtico. Eso me dió todas las respuestas que buscábamos, y se los voy a contar en el próximo post. Así que si quedaron curiosos, siganme acompañando 😉

    

PARTICULARIDADES DE MYANMAR:

 

  • Hay agua bebible en la calle por todos lados y gratis, en Myanmar el agua no se le niega a nadie.
Agua en las calles de Myanmar
  • Tanaka: Es como un cosmético que se usa como protector solar y como purificador de la piel. Sale de la corteza de un árbol. Deja la cara con marcas amarillas.
Venta de Tanaka
  • Betel: Es un corcho? Que se prepara en la calle y se mastica para que de energía, me hizo acordar a la hoja de coca de Bolivia.

 

  • Casas: Las típicas casas de Myanmar son hechas de un material parecido al Bambu. Tienen en general tres paredes y la parte de adelante es abierta. A veces cubierta solo por un alambrado. Si vas caminando por las calles podes ver a la gente dentro de la casa como si estuviese en una vereda, mirando tele, comiendo o incluso durmiendo.

 

  • Mesas y sillas: En los lugares más tradicionales las mesas y sillas son pequeñitas, como la de los niños.